Cómún, romano y mexicano

Originalmente publicado en el diario Milenio el 20 de agosto de 2010

Al discutir la condición de la bancarrota artificial de Mexicana ha sido inescapable sospechar que “lo peor es que se van a salir con la suya”. En efecto parece ser que las acciones de la dirección de la aerolínea no son recriminables; aparentemente, no han roto ninguna ley.

Explorando la posibilidad de corrupción en la dirección técnica de una selección nacional; digamos si algunos de los seleccionados estuvieran buscando contratos y sus promotores estuvieran dispuestos a ofrecerle incentivos adicionales al entrenador a cambio de la oportunidad de mostrarse en la cancha; algo que seguramente no sucedió en el pasado mundial de futbol; también inescapable sospechar que la corrupción está en todas partes.

Estos dos eventos sin relación pueden representar los argumentos a favor y en contra del derecho romano y el derecho común. En el romano, bajo el que nos regimos en México, los legisladores diseñan un reglamento que debe ser seguido al pie de la letra con poco o nada de margen de interpretación. En el común los legisladores son los jueces que a través de precedentes de comportamiento determinan lo que es correcto e incorrecto y los castigos adecuados.

Como lo es con la política económica, no hay un modelo correcto y uno incorrecto, ambos son adecuados para ciertas circunstancias; y al igual que con las políticas económicas, los sistemas híbridos no parecen funcionar.

El caso de Mexicana ejemplifica como en el derecho romano se puede actuar maliciosamente sin consecuencias, siempre y cuando, se sepa mover entre líneas. En México todo es legal, siempre y cuando sepas de que lado de la barda acomodar al cadáver. Esto puede parecer un argumento sólido para quemar todas las copias de la Constitución y empezar a regirnos bajo un esquema de derecho común, pero un esquema que se basa en el juicio de individuos sería completamente endeble en una entidad en la que, como ilustra el supuesto de la selección, está permeada la corrupción en todos los niveles. Resulta que somos demasiado ingeniosos para un sistema rígido, y demasiado corruptos para uno flexible.

Necesitamos blanquear nuestro sentido cívico, abolir la corrupción. Quizás esto suene obvio, como decirle a una persona con extremo sobrepeso que tiene que bajar unos kilitos si quiere mejorar su vida, pero de cierta manera somos la niña gordita que quiere embutirse un litro de nieve y quemarlo con quince minutos de spinning. Nos hemos estado engañando que podemos seguir dando mordidas y agotando favores mientras corregimos “los problemas de verdad”.

Solemos ver a los países industrializados (que aunque lejos están de ser pulcros, están más subordinados) y preguntarnos porqué no somos así los mexicanos. Podemos culpar a nuestra naturaleza bonachona, herencia cultural, incluso, quizás haya algo en la genética; pero lo que es un hecho es que aquellos países tienen castigos mucho más severos que el nuestro y aunque no descarto el valor de su honradez, seguramente el miedo ayuda a mantenerlos en línea.

3en3: elevar castigos penales, estrenar constitución bicentenaria, escudriñar jurisprudencia/tribunales

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