Ídolos Falsos

En esta época del año nos damos a reflexionar sobre nuestras vidas. Me parece un ejercicio sano que por lo general resulta en los iguales saludables “propósitos de año nuevo”. Sé que hay quien critica la índole astral y la culminación anual de la introspección a favor de una continua evaluación del camino que llevamos cada uno en nuestras vidas. También es un punto de vista respetable, pero siendo sinceros, la mayoría necesitamos esas pautas para desencadenar el proceso. Lo mismo sucede con el día de San Valentín, los días del Padre y la Madre, aniversarios y por demás. Ciertamente deberíamos ser agradecidos, reconocer a nuestros seres queridos y llevar una autocrítica constantemente, pero aún a quien hace todo bien, todo el tiempo, no le hace mal designar un día especial para estas prácticas.

Por lo general los propósitos de año nuevo buscan mejorar cualidades personales, profesionales, sociales o espirituales. Les sonarán familiares el quiero bajar de peso, que me promuevan en el trabajo, conseguir o cuidar a mi pareja y dedicarle más tiempo al Dios que sea que le recen. Todas causas loables. Lo curioso es como el cierre de un año nos lleva a estas conclusiones. No merece burla el “Ahora sí voy a…” ¡Qué bueno! Alegrémonos por el entusiasmo de nosotros mismos y los que nos rodean. Sin embargo, hay que cuidar que estos propósitos comunes, clichés, sean el producto de una lógica auténtica de cambios de comportamiento que puedan resultar en estar más felices al terminar el ciclo del año entrante.

Una de las herramientas más a la mano en la introspección es la comparación, ni siquiera necesariamente con los demás, pero con el “yo ideal”. El “yo ideal” suele ser mejor parecido, más relajado, energético, acertado y determinado. Todo esto es fabuloso, en realidad lo que nos imaginemos que podemos lograr en este aspecto resulta en pasos que llevan a un resultado tangible. El problema es cuando tomamos elementos prestados para formar al “yo ideal” porque formamos algo inalcanzable, un ídolo falso.

El ídolo falso tiene súper poderes, sus días duran más de 24 horas, todos lo aman y lo quieren ayudar, no sufre de hambre, ni dolor. Suena ridículo, pero es un síndrome real que ha capturado la atención de varios intelectuales recientemente. La clave está en la influencia externa que utilizamos como referencia de nosotros mismos. Un clásico “culpable” de esto es la publicidad que usan las marcas de tecnología hoy en día: en el comercial de Apple todos son únicos, se dedican a su hobby y viven cómodamente, tienen amistades interesantísimas que viven para esperar su llamada y el sol sólo deja de brillar para que comience la fiesta.

Es irrelevante cual iProduct sea anunciado y Apple no es para nada la única marca que lo hace, pero el mensaje es claro: la tecnología ha hecho a la utopía alcanzable. Ha sido buena mercadotecnia, pero es ficción. No existe nadie en el mundo que surfea todos los días, vive en una mansión en la playa, se detiene en su cafetería favorita todos los días, trabaja un par de horas, tiene tiempo para sus amigos, familia, mascota y además sale viéndose fabuloso todas las noches. Vamos, no hay nadie que pueda hacer eso ni en una semana, pero vende muchos teléfonos la promesa. Este es el pacto implícito de la era de datos móviles, hay tiempo para todo.

El riesgo de seguir al ídolo falso en esta época es que cada año dejamos de hacer el ejercicio que prometimos cuando nos damos cuenta que implica sacrificar otra actividad, hacemos a un lado nuestras metas profesionales cuando nos damos cuenta que el esfuerzo no siempre resulta en éxitos reconocidos, se nos olvida que todas las relaciones sociales necesitan trabajo para hacerse o mantenerse y Dios, Alá, Shiva y Buda quedan en un cajón hasta la próxima temporada de arrepentimiento. El mayor peligro es que no nos permitimos estar felices con nuestras vidas mortales. Así es que este año brindemos por las metas tangibles y por los logros que sí alcanzamos en 2013.

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