Lucrecia

Originalmente publicado en el diario Milenio el 22 de mayo de 2013

Nadie debería “ir de antro”. Son centros de vicio, garantías de uno u otro tipo de cruda al siguiente día, pero todos los jóvenes (y algunos no tan jóvenes) lo hacemos de cuando en cuando; es parte de una etapa en la vida.

Como cualquier otra hazaña insensata, salir de antros tiene sus consecuencias. En los mejores casos son buenos recuerdos, quizás algún amor pasajero; en los peores se puede terminar en una encrucijada difícil de evadir. Esto fue lo que me pasó el jueves pasado en Lucrecia, ubicado en la esquina de Pablo Neruda y Montevideo en Guadalajara.

En países más desarrollados que México salir de fiesta suele resultar descabelladamente costoso, lo que me llevó a acompañar a unas visitas extranjeras a probar algo de la vida nocturna tapatía. La primera impresión los apantalló: una mesa con botella y servicio de mesero por menos de $100 dólares les resultó muy cautivadora por supuesto, el concepto de condicionar la entrada les pareció medieval y las niñas arregladas a la cresta los dejaron boquiabiertos. El ambiente anunciaba una noche alborotada.

A la una de la mañana, una hora y media botella después de llegar, la música paró y las luces se apagaron en Lucrecia; nos quedamos en tinieblas. Unos minutos después, pasaron a dejarnos la cuenta y exigir que la liquidáramos. Con los extranjeros en la mesa no quise armar un lío, así que les pedí que tomaran un taxi a su hotel y se fueran. No quería que vieran lo que iba a suceder.

Obviamente cuando pagas el cuádruple de lo que cuesta una botella en una licorería es para disfrutar de los servicios del lugar. Me rehusaba, junto con muchos más a pagar la cuenta, pero no quería huir. Lo que primero amable y luego groseramente me exigían era pagar el costo completo de la botella que estaba consumida a la mitad, cerraron todas las puertas y entre varios incidentes los de seguridad empujaron a algunas muchachas que fueron a dar al suelo.

No se necesita ser un genio para darse cuenta que puertas cerradas con empleados de seguridad usando fuerza, sin luz y un público alcoholizado y enojado es una receta para el desastre. No sé si afortunada o desafortunadamente iba acompañado y decidí usar el pago de la cuenta “pendiente” para tramitar nuestra salida por la puerta de la cocina.

Lo vivido en el Lucrecia, lejos de ser solo maltrato al cliente, es evidencia de anarquía. Es increíble que un establecimiento se pueda salir con ese tipo de abuso sin consecuencias. Todos los esfuerzos en contra del bullying en las escuelas son ridículos cuando vivimos por las mismas reglas afuera de ellas. Ni hablar de los riesgos que sufrimos de haberse originado un tumulto o si alguien armado hubiese disparado.

El antro Lucrecia fue clausurado por sospecha de lavado dinero después de que se publicó este artículo

Lucrecia ubicado en la Colonia Providencia de la ciudad de Guadalajara

 

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