Revolución Fiscal

En este aniversario de la Revolución Mexicana me parece adecuado discutir un tema que amerita un llamado en armas, la reforma fiscal. Olvidémonos por un momento de si estamos de acuerdo con el uso que hace el gobierno de los recursos nacionales y concentrémonos en que se necesitan recaudar impuestos para el funcionamiento de cualquier país. Más allá, reconozcamos que con una mayor recaudación, independientemente de cuanto “se roben”, el gobierno puede invertir en rubros de interés nacional que nos benefician a todos los mexicanos, como infraestructura, comunicaciones, salud, educación y seguridad por mencionar los más básicos que indiscutiblemente caen en la responsabilidad de un régimen gubernamental. Final y más importantemente, ignorado por completo en todas las discusiones de los últimos meses, los impuestos son un método eficiente de repartición de riquezas y nivelación de clases.

Sí, cuando los impuestos funcionan correctamente, como en las economías nórdicas que tanto nos gustan usar de referencia, el fisco funciona como un “Robin Hood”, quitándoles el dinero a los ricos, para repartirlo entre los pobres. No se asusten, es mucho más civilizado de lo que suena. El principio es que quien más gana, sobre todo cuando es en excedente de la clase media ($42,000 pesos al mes en México), más contribuye al fisco y este en parte, a través de programas sociales, salud, educación, transporte público y subsidios reparte ese exceso de riqueza entre la masa poblacional de tal manera que futuras generaciones de los más pobres se encuentren en un nivel más parejo con sus contrapartes pudientes. De acuerdo, asústense, estoy sugiriendo que a sus hijitos preciosos les hagan competencia los de los campesinos y obreros que trabajan más de doce horas al día para poner comida en la mesa.

Aquí es cuando les tengo que acordar que los egresos, como gasta el gobierno ese dinero, son parte de otra conversación. El tema hoy es que todos los mexicanos contribuyamos la parte “justa” que nos corresponde como sociedad. Es motivo de opinión si creen que las riquezas personales son resultado de una situación social que hace a los más afortunados responsables de los que tienen menos o si sus bienes son el producto de su arduo esfuerzo que no debe ser compartido con los demás. Ambos argumentos tienen validez, pero permítanme decirles que si creen en la democracia, el camino correcto es el que más le conviene a la mayoría de la población, y en México, eso es el primero; es más conveniente para los mexicanos que a los que más ganen, más impuestos se les cobre. Obviamente, eso no sucede con la normatividad fiscal actual y no va a suceder con la reforma del próximo año impulsada por el Ejecutivo.

Claramente nadie quiere perder lo que tiene en la mano, pagar impuestos es desagradable para cualquiera, más aún cuando los efectos no son cuantificables, pero a largo plazo, un reajuste en la distribución de riqueza en México es benéfico para toda la sociedad. Si se dan los pasos para acercarse a un balance económico más proporcional entre los mexicanos, bajarán los índices de crimen, subirá la eficiencia de la fuerza laboral, mejorarán las condiciones de las ciudades, se generará más cultura, tecnología e investigación… En fin, México será un aún mejor país en el cual vivir, para todos. No soy de la idea de abogar por un cambio que perjudique a los más ricos, pero sería mejor incluso para ese segmento sacrificar algo de riqueza para habitar y hacer negocios en un mejor país.

Cuando Hacienda busca aumentar su base de recaudación ve a dos ollas: sujetar a quienes actualmente no pagan impuestos a contribuir o cobrarle más a quienes ya tienen en el padrón. Evidentemente es más fácil exigir más de quienes ya tiene enlistados, sobretodo de los asalariados a quienes simplemente se les reduce de la nómina un impuesto. Esta es la principal base de la reforma fiscal, cobrarle más a quien ya paga. El problema es que parte de una teoría de crecimiento poblacional que no es eterna y no aplica en México.

El principio detrás de esta es que se puede contar con una base de recaudación que siempre será más grande que la pasada por un crecimiento poblacional constante, cierto en el México de hoy en día, en el cual la clase media crece más rápido que las demás, falso en el México de siempre. Olvídense de las repercusiones que tiene esta reforma sobre la estructura poblacional, simplemente no va a funcionar. El resultado es cobrarle más a una clase media que si estaba por desarrollarse, las políticas de la actual Presidencia la van a abortar.

En efecto estas medidas continúan exceptuando a la clase alta de pagar lo que les corresponde y ponen a la clase media como pagana de los esfuerzos por mejorar la clase baja (y las ineficiencias administrativas de las que no estamos hablando). El único problema es que la clase media en México es tan pequeña, que no es suficiente para levantar significativamente la recaudación. He ahí la importancia de elegir como Presidentes a Doctores en Economía (véanse Zedillo y Calderón) y no galanes de telenovela. Ni se agobien que en los partidos políticos del siglo XXI ya no hay egresados de las Ivy League, ellos son demasiado inteligentes como para meterse al cochinero.

No sé a quién se le ocurrieron estos cambios en el código tributario, parecía increíble de empeorar y lo lograron. Quizás lo escribieron en el día de los inocentes y después fue demasiado tarde para corregirse. El impuesto a las transacciones inmobiliarias puede ser catastrófico a la economía porque afecta a un incentivo y vehículo de ahorro, además de un receptáculo popular de inversión extranjera. Seguir aumentando el IVA es la medida más perezosa que se me puede ocurrir, por supuesto que es fácil de recaudar y todos lo tienen que pagar, pero también desincentiva a la economía de consumo y en muchos bienes castiga a los pobres igual que a los ricos.

En fin, será más ágil sugerir cambios propios que corregir los que vienen en camino el 1 de enero. México no necesita una reforma, necesita una revolución fiscal. No es suficiente aumentar las tasas e incluir las categorías.

–          Regresar a un sistema que aumenta la tasa conforme el ciudadano tiene más ingresos. La clase media puede pagar 30% a partir de $42,000. A partir de $80,000 35%. A partir de $150,000 40%, a partir de $250,000 45% y a partir de $500,000 50%.

–          El sistema debería ser de entradas y salidas, como en el resto del mundo desarrollado. Si compras un bien, tienes ahorros o reportas inversiones, tiene que estar justificado con las ganancias que reportas ante Hacienda.

–          Convertir a la evasión de impuestos en un crimen penal. Por eso es que los extranjeros le tienen más miedo al fisco que a la CIA y el FBI. Hasta celebridades como Martha Stewart y Wesley Snipes han ido a la cárcel, además de haber pagado lo que debían con intereses por haber defraudado al fisco. El mismo temor se necesita en México para aumentar la base de contribuyentes.

–          Un impuesto a las herencias mayores a $5,000,000 del 50% del excedente, que también se puede escalonar como los ingresos. Actualmente los tataranietos de los más ricos de México no se tienen que preocupar por dinero gracias a las riquezas de sus antepasados. Los hijos adinerados ya tienen suficientes ventajas para ganar su capital de regreso, esta redistribución permitirá que también los hijos de los menos adinerados tengan oportunidades de crecimiento.

–          Quitar las excepciones a las grandes empresas mexicanas que frecuentemente evitan impuestos por completo en México, cuando en sus operaciones internacionales pagan tasas mucho más altas.

Les dejo a ustedes porque la reforma fiscal fue aprobada y si no serían mejores algunas de estas medidas.

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